miércoles, 20 de junio de 2007

Manejo de crisis

Una de las áreas más sensitivas de la estrategia de comunicación en una campaña electoral es la que tiene que ver con el manejo de crisis.
Si se enfrenta con emociones o apasionamiento, probablemente la situación de crisis –que podría ser coyuntural- se tornaría más gravosa y pudiera hasta hacer colapsar la mejor de las estrategias.
Tanto como en Operaciones, para dar la cara a las situaciones de crisis que se presentan en una campaña hay que tener la cabeza fría y el corazón caliente, como solíamos decir en aquellos círculos de estudios de las teorías políticas revolucionarias de avanzada que improvisábamos con emotividad juvenil en la clandestinidad a finales de los años 60, creyentes e ilusos promotores de aventuras osadas inspiradas en experiencias foráneas hoy derribadas por la globalización.
Las crisis de campaña no son otra cosa que episodios críticos surgidos de las contradicciones propias de un proceso político en que se supone chocan màs que candidatos y/o propuestas, estrategias que procuran el mismo objetivo: el triunfo para alcanzar el poder.
Generalmente, los candidatos no están acostumbrados a visualizar que una crisis, por pequeña e insignificante que parezca, trae dentro de sí el tornado que pudiera hasta enviar por la deriva sus aspiraciones. Nuevamente, es ahí donde han de jugar su rol los asesores y/o consultores, tantas veces despreciados por relacionados, “canchanchanes”, amigos y hasta familiares de los candidatos.
Es que la estrategia para enfrentar las situaciones de crisis no siempre son melosas. Tampoco se tornan simpáticas, ni siquiera para los propios aspirantes, que a veces temen que desde la acera de enfrente les lancen duro con mísiles para los que no tendrían respuestas.
Y los asesores y/o consultores bien que lo saben, ya que precisamente porque se les supone experiencia, frialdad y destreza para dar el frente a estos episodios es que se les busca y contrata.
José María Velasco Ibarra, expresidente ecuatoriano, solía presumir de que para alcanzar la Presidencia solamente necesitaba un balcón. Muy cierto. Dicen en Ecuador que hipnotizaba con su oratoria a las masas pero no así a los gestores de las crisis en medio de las cuales fue expulsado del poder en igual número de veces como las que triunfó en las urnas. Es un caso típico de manejo inadecuado de situaciones de crisis.
Joaquín Balaguer, del que tantas anécdotas “suenan” por ahí, recibió en el Palacio Nacional una mañana de 1975 a un vicealmirante de la Marina de Guerra que llegó hasta allí con el encargo de entregarle la renuncia conjunta de los principales jefes militares de aquel entonces. El astuto caudillo fríamente convidó al oficial a dejar la comunicación sobre el escritorio y, sin darle mayor importancia, salió en helicóptero a la lejana Línea Noroeste y encabezó un acto oficial y de contacto con la gente. Ejemplo latente de enfrentar una crisis -¡y qué crisis!- con la apariencia de no prestarle atención.
Coraje, decisión, sabiduría y madurez tiene que aplicarse cuando se presenta una situación de crisis en un proyecto político. Sin olvidar aquello –repito- de que hay que actuar con la cabeza fría y el corazón caliente.

Entre "anillos" te veas

Alrededor de toda figura pública célebre, ya sea artista, deportista, empresario, funcionario o aspirante, siempre operan los llamados “anillos”, entorno que en la generalidad de los casos se torna extraordinariamente nocivo para las posibilidades de éxito de todo proyecto político.
Ejemplos sobran de figuras “anilladas” que viven en otro mundo, que ignoran lo que en verdad la gente piensa de ellos, que actúan por eso de espaldas a lo que aconseja el sentido común y que cada día se alejan más de alcanzar el éxito en lo que quieren y procuran.
Generalmente, los que integran esos “anillos” escalan posiciones y cercanía en las celebridades gracias al uso constante de la intriga y el chisme.
Como “virtud” común tienen la ignorancia, la carencia de creatividad e iniciativa y la falta de personalidad y coraje. Para los que forman parte de cualquier “anillo” nada más repelente que cualquiera con talento, creatividad, iniciativa y personalidad propia.
Estas son verdades de peso, aunque -como para confirmar la regla de la excepción- hay celebridades que rechazan el cerco de los entornos, conocedores de que el propósito y fin de los creadores de estas estructuras negativas siempre es alejarlo de la gente, y por ende, del conocimiento de la realidad.
Cual que sea la figura de que se trate, sintonizar con la gente es tarea puntual ubicada en el otro extremo del funcionamiento de los entornos constituidos en “anillos”, de tan dañina experiencia y resultados.
Y algo que se repite en cada caso: El que se deja “anillar” se aleja cada vez más de los que son realmente suyos y de llegar a alcanzar la(s) meta(s) que se propone, su disfrute ha de ser efímero y convulso.

viernes, 15 de junio de 2007

Resaca de una estrategia errada

La aplicación de estrategias erradas en una ruta crítica de campaña no conduce a otro destino que no sea la resaca de una derrota, que en muchos de los casos empuja a la conclusión por colapso de cualquier carrera política, aunque ésta sea tan brillante como una estrella.
Nada peor para un candidato o aspirante a candidato que aferrarse a una estrategia de campaña errática, mal enfocada y motivada más en convicciones personales que políticas. Es el clásico error que cometen los que pretenden alcanzar la victoria pero nunca superan la condición de aspirantes.
Estos tiempos imponen a los políticos un cambio de actitud y una disciplina comunicacional que no todos están en la disposición y voluntad de asimilar. Aquí, por ejemplo, los aspirantes a cargos públicos se acostumbraron –y no han dejado la manía- al escenario del “¡Sí, Señor”!, donde todos asienten y aplauden lo que ellos dicen, plantean, indican, señalan y afirman.
No han aprendido lo dañino que son los anillos que se forman en los entornos, y que están integrados más que por visionarios y estrategas que por amanuenses y mangansones sin capacidad creativa, ni bragados para poder contradecir al aspirante, si fuere necesario, cuando de buscar una salida a un nudo coyuntural se trata.
Y, como dice mi colega Eulalio Almonte Rubiera, caen fácilmente víctimas de los que todavía venden espejitos y sueños con disfraz de propuestas, planteadas como “consejos para el triunfo”, cayendo siempre finalmente vencidos ante la amabilidad pragmática de rivales que abrazan “el grajeo” con el pueblo antes que la inexpresividad y la simulación de fortalezas inexistentes.
Una estrategia de campaña basada en valores que solamente existen en la exposición oral no puede “cuajar” aún en una nación como la nuestra, agobiada de tantas debilidades humanas, empezando por la inmodestia de los aspirantes que abrazan el triunfo antes de alcanzarlo.

miércoles, 6 de junio de 2007

"Declaracionismo" de campaña

No hay nada más gustoso de ofrecer declaraciones que un político en campaña. Basta con que observe un micrófono cerca para, obsequioso, buscar ser presa del reportero que tras cualquier interrogante procura lo que en nuestro argot se considera “un palo”.
Algunos políticos que tienen aspiraciones, sin embargo, cuentan con notorias limitaciones intelectuales para ser exponentes del declaracionismo de estos tiempos de campaña, lo que les obliga a auxiliarse de consultores que ponen a rodar su imaginación para que su contratante esté bien posicionado en los medios.
A veces, y eso no lo entienden mucho, el declaracionismo no es buena cosa porque no debe olvidarse aquello de que “el que mucho habla mucho yerra”, y es la causa por la que vemos a políticos “opinando” de temas que no manejan y –simplemente- hacen el ridículo con frecuencia.
Ese mismo declive a buscar posicionamiento hablando de todo un poco es quizás (y sin quizás) la causa básica de que el debate de las ideas políticas haya declinado tanto que lo dominante sea la superficialidad y el trato de temas banales.
¡Y vaya usted a ver!. Nada más inocuo y carente de la facultad de convencimiento que se necesita para hacer campaña que un político hablando de muchas cosas sobre las que solamente conoce superficialidades.
Nunca he olvidado que, hará ya unos cuantos años, uno de mis primeros clientes en las tareas de consultoría política dejó a un lado mis servicios porque parece que le era muy difícil, talvez imposible, asimilar lo que yo insistía que hiciera y que imponía elementalmente la estrategia: Que guardara bajo perfil ante provocaciones de sus rivales.
¡Nooo!. Ese “líder” no soportaba que desde la acera de enfrente le dijeron “esto” y él no pudiera responder “aquello”. Prefirió seguir su ruta sin asesoría para abrazar el declaracionismo de campaña. Han pasado varias elecciones y mi antiguo cliente no ha alcanzado siquiera una candidatura a suplente de regidor.

viernes, 25 de mayo de 2007

Galloloquismo al ataque

Si de algo adolecen en mucho los políticos que aspiran a gobernarnos, aquí y en casi todos los países latinoamericanos, es en la carencia esencial de estrategias de comunicación para que la gente, los electores, conozca de sus propósitos y entienda sus actitudes. Por eso, siempre es mayor el número de vencidos que el de vencedores.
Las campañas contemporáneas se basamentan mucho en la comunicación porque el blanco de público, el centro de la actitividad pre-electoral, es el ciudadano común, el votante indeciso, que le gusta o no tal o cual aspirante en función de su cotidianidad. De ahí, que la propaganda y la difusión de mensajes para captar votos se concentren más en tocar los temas de la economía, la seguridad ciudadana, el empleo y/o desempleo, el costo de la vida, etc..
Las estrategias de comunicación orientadas a la victoria, no a satisfacer caprichos de los candidatos y su entorno, tienen que convencer al elector de la sinceridad de los planteamientos que se le formulan. No hay camino al triunfo si la gente no sintoniza sus necesidades, aspiraciones y hasta sueños con lo que expresa el candidato.
A la actitud generalmente egocentrista de los políticos, que piensan en los electores solamente cuando las autoridades de comicios están contando los votos, se une para esa falla en la comunicación la existencia en el entorno de los candidatos de oportunistas e ignorantes, a veces pretendidos estrategas, exponentes fieles del galloloquismo.
Se dice que “nada más osado que un ignorante” por lo que no es raro escuchar a “asesores” que no son tales, que carecen de condiciones cualitativas, haciendo como suyos planteamientos teóricos que otros les han preparado o que han leído y copiado de textos elementales de estrategias de campaña.
Es donde observamos el ataque del galloloquismo, pernicioso y dañino síndrome que conduce a los equipos de campaña por caminos equivocados, que pone a los candidatos a dar palos a ciegas.
Un candidato que comete esos errores, por decisión propia o inducido por amanuenses y mangansones, no consigue jamás posicionarse en la mente de los electores como el líder que va a solucionar sus problemas. Y en consecuencia, aún cuando sean muchas y grandes las debilidades del adversario, se le hará muy empinada la cuesta a escalar para alcanzar la victoria.
Lo grave de todo esto, es que cuando el galloloquismo está suelto y al ataque en un equipo, para erradicarlo hay que gastar muchas energías hacia adentro, cuando lo vital es reservarla para lo que espera afuera.

sábado, 19 de mayo de 2007

El séptimo bunker

Apasionado de la grandilocuencia en todas sus manifestaciones, incluyendo (¡claro está!) la del crimen, Adolfo Hitler confió a Albert Speer, por recomendación de Joseph Goebbels, la construcción de grandes bunkers o fortificaciones diseñadas de tal manera que tuvieran puntos de defensa en 360 grados o defensa circular, con ametralladoras de grueso calibre y un angulo de tiro de 180 grados.
Datos de la época de gloria del Tercer Reich refieren que algunos de esos bunkers contaban con una o dos entradas cubiertas por puertas blindadas y con otras internamente protegidas, además de facilidades que iban desde habitaciones para la guarnición, cuartos de baño, cocina y cuarto de comunicaciones, hasta planta de energia y salida de emergencia. Seis de estas edificaciones construyó Speer en el Berlín de los años 40, incluyendo el de la Cancillería, donde el Führer y hasta Goebbels dieron la bienvenida a la derrota alemana.
El escritor norteamericano Irving Wallace, compañero de Ronald Reagan en el Army durante la Segunda Guerra Mundial, en su cautivante estilo novelado, mezcla de realidad y ficción separadas apenas por una frontera abstracta, sostiene en su obra “El Séptimo Secreto” que eran siete los bunkers de Hitler, insinuando la maniobra del Führer en 1945 para que se le creyera suicidado junto a Eva Braun mientras ambos escapaban por un pasadizo subterráneo que los habría llevado a una edificación de este tipo cuya existencia era secreta, y donde vivirían por años sin ser descubiertos.
Los bunkers de Hitler eran subterráneos, hechos para resistir bombardeos, con tremendos sistemas de seguridad, en capacidad de responder ataques de cualquier tipo y modelos de la arquitectura guerrerista de aquellos tiempos, que aún con rasgos faraónicos era tosca, sombría y si se quiere hasta lúgubre.
Hoy en día, un bunker es otra cosa. Generalmente no es subterráneo aunque pudiera estar fortificado para enfrentar jornadas imprevistas. Interiormente, sus facilidades no deben ser toscas sino agradables para comodidad de sus usuarios, y pese a que se presume que sus ocupantes pretenden usarlos para aislarse de los demás talvez no sea ese el propósito de establecerlo, ni el mejor de los fines y uso que puedan darles.
Es más, ha variado tanto el concepto de bunker que muchos bohemios tienen algunos semi-clandestinos, en especie de apartamentos de solteros, y no faltan las tiendas de licores (licuor store, como prefieren identificarse ahora) que han adoptado esa identidad.

Victoria, el 16 de mayo

Conversaba en Miami hace ya unos cuantos años con un entonces y hoy otra vez funcionario del Gobierno, que para esos tiempos era mi amigo y con quien trabajaba muy de cerca, sobre las habilidades necesarias para conducir vehículos de motor, de las cuales él carecía (y creo que aún carece) y sobre las que me afirmaba no tener interés en poseer “porque siempre tendré chofer para mí y para mis hijos”.
Como reacción instantánea, muy espontáneamente le comenté que pese a ello, me sentía en ventaja “porque en algún momento serás ex funcionario y yo nunca seré ex periodista”. Así ha sido, aunque él ha vuelto a ser funcionario. En otro momento, de nuevo, seguro que volverá a ser ex.
Todo viene a cuento como preámbulo para un relato vinculante al ejercicio profesional, el amor paternal y la descendencia familiar. Veamos:
Profesionales de la sicología y el análisis del comportamiento humano aseguran que los padres tienden a ser generalmente los seres más admirados por sus hijos, no tanto por lo genético sino además por el ejemplo que de ellos toman y por la cotidianidad de su intercambio.
De ahí, probablemente, que haya surgido aquello de que los padres quieren lo mejor para sus hijos, base primogènita de los consejos y recomendaciones paternas, del “añoñamiento” para esos descendientes y de procurar compartir con ellos satisfacciones y sufrimientos.
Ya con cinco varones en la prole, en 1986 –para esta misma fecha- tuve la fortuna de recibir en la familia a mi primera procreación femenina. Aquello fue para mí una victoria, razón por la que le dí ese nombre a la criatura, en clara evidencia de satisfacción, aunque otras hembras y varones llegados después completan y/o complementan el orgullo paterno por la procreación.
Cumplidos hoy 21 años de su nacimiento, congratulo a Victoria, mi hija mayor, y me congratulo yo, porque ella –casi terminando su formación universitaria en comunicación- se empecina en seguirme los pasos, aún con mis advertencias sobre la parte ingrata de este oficio, lo nada benéfico en que se torna económicamente cuando se ejerce por vocación y convicción, y ¡claro! con mi reiterada proclama de que “hay que tirar páginas a la izquierda” para no ser uno(a) más del montón, todo lo cual ya ha ido comprobando.
Aún así, es el periodismo tan atrayente y cautivador que tengo la seguridad y convicción de que no será la única en mi prole en abrazarlo.

La estrategia en la campaña

Todos los teóricos y tratadistas de la comunicación política coinciden en dar una muy especial importancia, un rol de primerísimo orden en toda campaña, a la estrategia, parte sin la cual sostienen que no camina ninguna candidatura, por carismática y/o mesiánica que esta pretenda ser.
Y ocurre que la estrategia es –ciertamente- parte importante del tinglado. Pero no lo es todo en sí y por sí, aunque su aplicación y seguimiento viene resultando –eso sí- en uno de los componentes más valiosos y caros al mismo tiempo de toda campaña en procura de alcanzar un cargo de elección popular.
Es por esa, entre otras razones, que ahora hay tantos estrategas de campaña, asesores y consultores que van de un confín a otro del planeta, llenando sus curriculums de ítems, presentando propuestas motivadas con lenguaje florido, facturando muy pero muy bien (¡claro está!) y dejando tras de sí una estela de fama.
El consultor cuyas herramientas y consejos hacen posible el triunfo de su asesorado se da el postín, como diríamos por aquí, de autocalificarse como “asesor de candidatos triunfadores” y su aritmética va sumando las victorias aunque generalmente jamás comenta ni agrega las derrotas.
Algunos aspirantes gustan mucho de tomar referencias en candidatos exitosos que han actuado rompiendo los paradigmas que se ha formado la sociedad de quienes pretenden dirigirla. Y como a veces esos parámetros rotos les han dado resultado, tienen asesores por tenerlos pero solamente escuchan y prestan atención a lo que ellos quieren, no a lo que aconseja la estrategia. Es el caso típico (o atípico) del candidato inasesorable o que todo lo sabe. A ese, por más éxitos que le hayan acompañado en otros quehaceres cotidianos alejados de la política, nada bueno se le puede augurar en una campaña.
Esto no quiere decir en modo alguno que toda la verdad y razón esté en poder de los asesores, consultores o estrategas formados y reputados como tales, pero en su beneficio hay que señalar que de los errores surge la experiencia, lo que da ventaja a un estratega con camino recorrido frente a uno que comienza a recorrerlo, o más bien frente a bobalicones, amanuenses o mangansones que por asistir a cualquier seminario o taller de técnicas de campaña ya se sienten magíster en estrategias sin serlo.
En el diseño de toda estrategia de campaña han de tomarse en cuenta numerosos factores, pero básicamente ya en el mundo de hoy hay que partir de investigaciones que arrojen luz a los vericuetos del difícil camino de convencer a la gente, para que el consultor convenza a su vez al candidato sobre lo que debe o no debe hacer. Y si el candidato es asesorable, entonces habrá esperanza.

Plasticidad política

Con mucha frecuencia suelo bromear con mis hijos mayores graficándoles la plasticidad de divas y megadivas de la televisión y el espectáculo con el señalamiento de que cerca de estas no se puede encender un fósforo porque se consumirían derretidas.
Extendida a otras áreas del quehacer humano, debo ampliar mi advertencia porque también hay plasticidad en la política, con el agravante de que en el caso de las divas y megadivas éstas son así en pretensión de más lucidez y garbo para el entretenimiento colectivo, mientras en el de los políticos hay que darle otro enfoque.
Coinciden en propósitos estas beldades (a veces pretendidas) y los políticos en cuanto y tanto el ejercicio de la plasticidad se lleva a cabo con la intención de satisfacer el ego, procurar sobresalir y a veces llenar lagunas de comportamiento en aras de trepar socialmente.
La plasticidad política se evidencia en la conducta que exhiben aquellos que en la exposición pública de “sus ideas” (si las tuvieran) cambian hasta el tono de la voz y gesticulan procurando poses que en ocasiones se tornan en muecas ridículas. También, queda claro que son plásticos los presuntos “líderes” cuya ascendencia no trasciende los espacios de algunos medios benévolos donde a veces hasta “para salir de ellos” les son publicadas fotos y reseñas.
En su afán de estar en todas, estos personajes se hacen denominar “dirigentes” aunque no dirigen nada y ni siquiera ocupan posiciones dirigenciales en las organizaciones donde medran. Muchos lucen exponentes fieles de lo que he dado en calificar como “el mangansonismo” político, espacio reservado a los tantos bobalicones que la cotidianidad política ofrenda a la Nación, aunque en la búsqueda de ventajas, prebendas y canonjías no son tales. Ahí sí es que son hábiles …y por demás dichosos, porque amparados en el lambonismo consiguen con facilidad lo que otros, renuentes a “tumbar-polvo”, no alcanzan.
Nuestra clase dirigente (como gustan que se diga en los entretelones intelectualoides de la “sociedad civil”) tiene la gran responsabilidad de asumir los retos y desafíos del presente para que el porvenir sea más halagador, o por lo menos para dar esa esperanza.
Por esa, entre otras razones, los dirigentes o líderes deben mantener ciertas formas, no para el entretenimiento general sino en procura del convencimiento de quienes ellos buscan sean sus gobernados (tomando en cuenta que la finalidad de todo el que se abraza al oficio de la política es ejercer el poder).

lunes, 7 de mayo de 2007

En la Zona Cero

Creo con toda sinceridad que la humanidad ignora todavía, no ha alcanzado a comprender, la forma cruel como la marcaron los atentados del 11 de septiembre de 2001, que dividieron la historia entre antes y después de esa fecha.
Estando la semana que recién finaliza de paso por la ciudad de Nueva York, por segunda vez después de los atentados me decidí de nuevo a visitar el sitio donde estuvieron las torres gemelas, ahora bautizada en la metrópolis como Zona Cero.
La primera ocasión lo hice en 2003 y ahora, como aquella vez, observando la exposición gráfica-mural de los acontecimientos de aquel septiembre maldito, no pude menos que reflexionar sobre como el fundamentalismo fanático acabó en instantes con la vida de miles de inocentes, en nombre de Alá.
La cavidad profunda que puede observarse en el espacio que ocuparon aquellos rascacielos que desafiaban la gravedad y las alturas es el recuerdo de aquel hecho fatal sobre cuya programación, planificación y ejecución aún se tejen las más diversas teorías.
La comercialización de la tragedia, traducida en la venta en el mismo lugar de la masacre y en los alrededores de souveniles, albúmes de fotos y todo cuanto pueda ser recuerdo de lo que ya no está, plasma en la mente aquello de “lo que pasó, pasó”, y refresca las teorías del consumismo como base y sostén del capitalismo que combatimos con entusiasmo inducido en nuestros años mozos.
Esta es la fecha, casi 6 años después de los atentados, que se ignora con certeza el número de víctimas que dejaron esos hechos, que para Nueva York y el mundo crearon un síndrome y dieron cancha a que se lanzara la llamada Guerra contra el Terrorismo, que tiene sus defensores y detractores.
Visitar la Zona Cero sobrecoge y entristece al más insensible. Las huellas de aquella temeraria y maldita osadía están ahí, a la vista de todos, y no hay forma alguna de entender como los hombres, fanatizados por el adoctrinamiento, pudieron emprender una aventura de esa naturaleza, que traumatizó a la sociedad toda.
No puede haber mente sensata en el mundo que justifique los ataques de Al Qaeda de septiembre 2001 contra Estados Unidos, que más que contra los norteamericanos, victimaron una ciudad como Nueva York, que con todos sus vicios y problemas, no cesa de acoger emigrantes de todas las latitudes.
Porque estando allí, pensé y casi lo expresé en voz alta: ¡Que Alá maldiga mil veces a Bin Laden!.